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domingo, 27 de julio de 2008

Club Hípico de Santiago: Por una cabeza





Por Nicolás Rojas Inostroza

Es viernes por la tarde y Santiago de Chile está cubierto de nubes. Lo que queda de las calles empedradas de Avenida Blanco Encalada parece ser una deslavada copia de alguna capital europea. Un gran portón de fierro forjado da la bienvenida al Club Hípico de Santiago. Cientos de automóviles están uniformemente estacionados frente a las tribunas principales, un letrero advierte: “EXCLUSIVO ACCIONISTAS”.

Un verde sendero conduce a la entrada principal del club, en las afueras de otro gran pórtico contrasta la destartalada mesita, sobre la cual una radio a pilas transmite “El chacotero sentimental”, con sonido monofónico. La señora Juana -que lleva treinta años en este lugar - vende confites y programas de las carreras: “trabajo bien y eso me da valor”, dice nerviosa. Un par de hombres le compran libros, la inversión asciende a $900 pesos, information is power. Para la comerciante, los caballos son “el vicio total”. Aunque cuando los jinetes le dan “una clave”, ella juega. Su nieto es uno de ellos, pero está hospitalizado, se cayó de un caballo hace un par de semanas.

La épica de la hípica

En la entrada de socios hay un par de guardias conversando, un hombre con chaqueta de gamuza los saluda con un gesto e ingresa al edificio. Los caballeros y refinadas señoras del país se dieron cita en este lugar desde 1870. Un imponente edificio de cristal y madera cobijó la vida social de la ciudad, hasta que 22 años más tarde un voraz incendio se encargara de destruirlo. Las tribunas se reconstruyeron y se encargó el nuevo recinto al arquitecto Josué Smith del Solar. Chile no sólo tiene la copia feliz del Edén. El Club Hípico de Santiago está hecho a imagen y semejanza del hipódromo francés de Longchamp.

Los años pasaron y el Barrio República pasó de ser la cuna de la aristocracia de principios de siglo a centro universitario post gobierno militar. El barrio del club se volvió conflictivo: mucha bohemia, cafés con piernas y boites. Un barrio lleno de historias, prostitución y hechos de sangre. Eso es parte del pasado: la mala locomoción, las sucursales de apuesta y las clausuras realizadas por la municipalidad han desolado el entorno del reducto hípico.

En la inglesa pérgola donde desfilan los caballos próximos a correr, hay una desmotivada mujer que los enfoca una antigua cámara.

De pronto aparece un hombre con rostro reconocible, viste una chaqueta cuadrillé y está acompañado de cinco caballeros. Es el diputado Alberto Cardemil y camina sonriente. Tras su breve irrupción, vuelve al edificio, al piso de los socios y accionistas. “¡Puros viejos pedófilos!”, se escucha a lo lejos.

“En el Hipódromo no he visto nunca un ministro, ni un político ni nada”, dice pensativo Jaime Reyes. Observa el desfile de los animales, al igual que hace casi cincuenta años. Su vida ha estado vinculada a los caballos: de niño vivía frente al hipódromo, después cuidó autos para ir a ver las carreras e incluso llegó a tener “unos caballitos”. El tiempo no pasa en vano y afirma enfático que “el vicioso es el mismo”, ya sea aquí o en el hipódromo.

Jaime es gordo y viste un polar blanco, tiene lentes y canosos bigotes. La mala y la buena suerte han estado presentes en sus campañas, dice antes de apuntar y mencionar a una decena de personajes que pasan y miran con extrañeza. A su lado hay un introvertido joven con pelo largo: “éste está en pañales recién”, dice riendo. “Yo soy hípico inteligente, no tonto… Tengo cualquier amigo que yo los he visto ganar 800 lucas y después en la carrera 12 andan pidiendo 10 lucas. Ya, vamos a ir a jugar ahora”, dice alejándose de prisa.

De puerta en puerta

Tratar de entrar al afrancesado edificio del club es imposible. “Tendría que venir en días de semana, hoy sólo socios y accionistas”, dice con tranquilidad el portero.

Su lugar de trabajo es una pequeña reja de fierro, que abre a los socios y sus invitados, lleva 18 años custodiando lo que mucho de los hípicos jamás conocerán. Dice que en el club no hay clasismo, sino que es un lugar donde cada persona tiene su lugar. El sector de los 400 metros ubicado más hacia el sur es ejemplo de ello: “ahí viene gente como los feriantes, tiene sus espacios para hacer asados y pic-nic, para pasarlo bien”.

En la entrada central está, hace 11 años, Julio Carreño quien tiene claro que en el club “más se pierde que se gana”. Viste de azul marino, a excepción de sus guantes de lana. El inspector Carreño conoce el ambiente, y sabe que la gente que datea recibe “sus monedas” por parte de los beneficiados en la tabla. Cuenta también que hace como 40 años, por un noble potrillo que justo en la raya se aflojó al llegar, un hípico se ahorcó en el edificio tras perderlo todo.

“Allá arriba” - apunta con el dedo hacia la torre - “esa gente sí que gana”. Un anciano vestido con terno lo saluda e ingresa con un botellón de vino mal envuelto. Seguramente acompañaría el brebaje con uno de los panes de “no es potito, es pernil” que venden a la entrada de la pista. Desde ahí se divisan alrededor de 15 edificios con “vista al parque” y a las 80 hectáreas de áreas verdes que rodean el club.

Se preparan

La carrera 10 de la jornada está en curso y Edén Luz Herrera está vestida con su delantal blanco. Partió vendiendo confites en el club a los once años y, treinta y nueve inviernos después, ya tiene su carrito. “Yo conozco un casero que tenía botillería, auto, carnicería. Y ahora no tiene nada, todo, todo, todo lo perdió en las carreras”. Pero Edén no es tan negativa: “También conozco hartos amigos que dicen que gracias al Club Hípico se han comprado una casita, una camioneta”, cuenta sonriente. De los socios y accionistas no sabe mucho: “La gente del quinto piso no baja para acá abajo, si bajan, bajan poquito y después ya vuelven a subir”. Tras su sitio de trabajo están las tribunas, donde cientos de personas observan las carreras por las pantallas de plasma que cuelgan de las cornisas.

Una pareja observa el desfile de caballos en la pérgola, de fondo se escuchan unas trompetas que salen de la torre emulando alguna situación épica, no hípica.

En la memoria colectiva del club se mantiene la historia de un hombre que sacó una trifecta millonaria y la impresión vino acompañada de un infarto al corazón, que se encargó de matar al sorprendido hípico.

“En el club nos conocemos casi todos, en el hipódromo llega de todo”, exclama Georgina Villaseca. La aficionada mujer cuenta que un caballo puede costar entre doscientos mil pesos hasta veinte millones, dependiendo del stud.

La próxima carrera está por partir, un carro de de Nuts for Nuts tienta a los apostadores con olor a maní confitado recién tostado. El hall de apuestas está lleno de hombres que miran atónitos los televisores que proyectan imágenes de la carrera pasada, en los pilares centrales hay tres grandes estufas que concentran hípicos. Al avanzar está la cancha, un espacio abierto que culmina con una barrera: el lugar más próximo a la carrera. Un par de niños juegan con una pelota de goma, sobre el verde pasto, bajo el cielo gris.

Caballos de fierro

“Ya va a empezar ya”, dice una señora vestida entera de polar con el itinerario de la jornada en mano. Arriba, desde el calefaccionado quinto piso miran por un vidrio los socios y accionistas.

“Se preparan… Partieron”, dice un locutor con voz grave. “¡Dale hueón ooh!”, grita un hombre desde la muchedumbre. Son 1.200 metros de catarsis pura. “Tierra derecha”, irrumpe nuevamente la voz desde los parlantes, mientras se siente el ascendente galope. Clímax: comienza el chasqueo de dedos, los gritos, las manos se agitan de un lado a otro, las pupilas se dilatan. Los hípicos profesionales sacan sus binoculares. Momento preciso para cerrar los ojos y sentirse en alguna batalla del coliseo romano. La premisa es la misma: pan y circo.

El minuto transcurre fugazmente y los caballos llegan a la línea de meta. En las gradas cientos de programas son doblados, cientos de lápices Bic se guardan en las camisas, cientos de hípicos marchan a reconciliarse con la suerte.

Por los parlantes se escucha We are the champions en versión sinfónica. Del edificio bajan los sonrientes dueños del caballo ganador, tres millones de pesos es el premio. El jinete posa para las fotografías de rigor con la certeza de que el 10% será para él.

La tarde avanza, el frío también. En el pasto una pareja de adolescentes contemplan la cordillera abrazados, mientras un niño les dice: “Ya, el número que va a ganar es… calmao que perdí la cuenta”.

De pronto un grupo de tres carabineros se acerca a un hombre que observa la pérgola. “Ese es bueno”, le dice el cabo Medel señalando un potrillo. El hombre en cuestión es Luis “conejo” Martínez, el chileno que triunfó en Nueva York con sus carros de maní. Los uniformados lo escuchan con admiración.

- Conejo, ¿y usted no tiene caballos? – le pregunta el más joven.
- Esos son los míos –dice apuntando al carro de maní- algo traen todos los días.

El hall sigue repleto de hombres mirando por la pantalla los caballos que desfilan a un par de metros, hay un bullicio generalizado en el epicentro de las apuestas. Don Jaime, el hípico inteligente, está ahí y dice resignado: “no he dado con ni uno”.

“¡Te aburriste de mandarte cagás Torres!”, se oye desde las graderías. El noble potrillo marcado con el número 8 posa con sus dueños, los mismos que bajaron a recibir otro galardón hace un par de carreras.

“Papi, ¿los jinetes se cambian de polera?”, pregunta un niño mirando a los caballos. El frío comienza a calar los huesos, el invierno se hace presente y es exclusivo para los que no son accionistas.

“Algo que sea”, le dice un infante a su padre. Minutos antes de que el sonido de las trompetas dé inicio a una nueva catarsis, la diferencia entre ganadores y perdedores volverá a ser por una cabeza.

lunes, 26 de noviembre de 2007

El desalojo dominical del comercio ambulante en el Parque Forestal:


DESFORESTANDO ENCUENTROS
Por Francisca Palma Arriagada

Lugares de encuentro hay muchos, unos más simpáticos y concurridos que otros. A pesar de las diferencias, el denominador común de estos recovecos dispuestos en la ciudad es la libertad: función y desprendimiento del carácter público. Lamentablemente en el Parque Forestal ubicado en la comuna de Santiago, algo perturba ese movimiento.

Cada domingo el centro de Santiago tiene ese vacío esplendor producido por la ausencia del ajetreo se
manal, la disminución de personas y el silencio por la baja frecuencia del transporte. ¿A dónde se fue toda esa gente? Algunos de los que decidieron volver a Santiago Centro no lo hicieron a los paseos monotonizados, encontraron otro lugar: el Parque Forestal.
Familias completas, parejas, solitarios, paseantes de perros, músicos, acróbatas y payasos confluyen clásicamente en este espacio dominguero. Una de las características reconocibles, además de la circulación de personas, es el comercio que se instala en las faldas de magno Museo de Bellas Artes. Con trapo en mano y producto en oferta, muchas personas se instalan a vender cachureos, ropa usada, zapatillas, música y enseres múltiples. No se podría decir que es un gran persa, no tiene su escala, pero es realmente notable la convocatoria que tiene.
Jóvenes, ancianos y niños son parte de estos momentos que los convierten en feriantes. A pesar de que haya algunos comerciantes discontinuos, esos que vienen por necesidad y exceso de tiempo, hay otros que constantemente están acá cada domingo. Artesanos y vendedores de algo en específico son reconocibles al venir más de una vez.
Aunque no ocurra todos los domingos, en oportunidades Carabineros está rodeando la zona y cuando les parece actúan. "No puedes vender acá, retire sus cosas o se las vamos a quitar" es la frase con que el hombre de verde se acerca pasivamente dando una advertencia. En grupos ellos recorren el parque sin la intención de pasear: quieren despejar el lugar, sacar a los vendedores.
El Parque Forestal es parte de la administración del Municipio de Santiago, por eso en eventos específicos un grupo de guardias particulares de la comuna son enviados a la zona. Al preguntarles porqué las personas eran retiradas, respondieron que "No tienen permisos municipales ni como comprobar que están pagando IVA". Esta respuesta coincide con la de la 1º Comisaría de Carabineros que está por cuadrante trabajando en ese sector: "el comercio ambulante debe ser retirado, está dentro de la ley"
Ambas entidades encargadas de la seguridad trabajan independientemente, la primera lo hace por ordenanza municipal y la segunda por labor propia. De todas formas coinciden en la manera de plantear el tema. "Las personas deben ser sacadas pero cuando hay prioridades como eventos, no se hace", afirman los guardias municipales, mientras que el cabo 2º Abel Insulza de esta comisaría reconoce que "depende de la situación, eso lo ve el encargado de servicio". En definitiva el desalojo de personas en el parque está condicionado: puede pasar como puede que los Carabineros circulen sin interrumpir este tipo de eventos. Lo que si, siempre habrá algún tipo de vigilancia.
La Municipalidad de Santiago y su Corporación de Desarrollo entiende la situación de otra manera. Son sacados porque "no tienen permisos". Lo que está pasando acá es considerado por el municipio desde el punto de vista económico; de los ingresos importantes que son perdidos al no ser cancelados los permisos pertinentes. Directamente y sin tapujos la Secretaria de la entidad, Karin Rietzch afirma que "el alcalde no quiere comercio ambulante". Si la situación pasa por una voluntad personal y no por el consenso de las personas que habitan la comuna, la situación se vuelve arbitraria.
Otro antecedente es importante es la política de "no al comercio ambulante" del municipio, que nade como consecuencia de la delincuencia que tipo de acciones acarrea. Es evidente que muchos de estos comerciantes estaban dedicados al pirateo de libros y de material audiovisual y musical, por eso además esta Municipalidad lanzó una campaña en el centro, en donde convergían este tipo de ambulantes. La idea es ir aumentando el cuadrante de este plan, es decir, que las actuales medidas que están siendo implementadas en el Paseo Ahumada y la calle Estado, con la consigna "Comprando en el comercio ambulante ilegal te arriesgas a ser sancionado", se vayan expandiendo. Aumentar el cuadrante significaría que pronto las medidas de seguridad se plan
teen también espacios como el parque.
A pesar de lo positivo de esta iniciativa, el concepto de ilegal y de ambulante está siendo tergiversado. Los jóvenes que esporádicamente se posan en el Forestal no están vendiendo nada pirateado, sólo no están pagando impuestos por realizar esas transacciones y desafortunadamente en la agenda municipal "no hay ningún proyecto abocado al rol de identificar comerciantes"
Pero no sólo relaciones comerciales son las que se ven afectadas en este afán de sacar a las personas, los encuentros sociales y culturales que surgen a partir de esta feria de las pulgas están siendo limitados. Al ser consultados en la Municipalidad acerca de factores sociológicos y de la tradición que estaban siendo pasadas a llevar, la respuesta fue sólo que "se dan otros espacios para eso".
Algunas de las cosas que juegan en contra para defender a este honorable pulguerío, son la presencia del consumo de alcohol y la venta de marihuana. Esto ocurre a vista y paciencia de todos. Y como dice el cabo Insulza, esto ocurre "en un espacio familiar". Esa es una causa por la que reconoce que se mantienen "pasivos pero son los mismos vecinos los que reclaman". Según él la principal causa por la que las personas son llevadas es porque "se han opuesto a la acción de Carabineros, son cosas que se dan en el momento. Si hay dos carabineros no se puede proceder, pero si se logra cumplir, se va a proceder". El ser detenido es sólo una posibilidad. Lo que se hace es llevarlos a la comisaría, comprobar el domicilio del detenido, para luego dejarlo el libertad.
Es evidente que la seguridad ciudadana y los eventos familiares son los que deben primar en la utilización de este tipo de lugares, pero no se puede dejar de considerar que las relaciones espontáneas y las ocupaciones de ciertos espacios tienen causas que deben ser tratadas. Determinar y privar las libertades de los ciudadanos por medidas económicas no es lo más adecuado, más aún si no se ha considerado en ningún momento los factores socioculturales. Por otra parte, tampoco es justificable que las personas se aprovechen de estos lugares y los utilicen como escenario de este tipo de acciones. Ambas partes deben ceder para que este espacio sea bien utilizado y por consiguiente, sea beneficioso para todos. La libertad ciudadana debe ser retribuida para que se genere una reciprocidad.


domingo, 25 de noviembre de 2007

Plaza de Almas

En sus inicios se llamó Plaza Mayor como en España, pero a seis meses de su fundación un violento ataque indígena cambió para siempre su nombre y su carácter…



P l a z a de A l m a s
Por Nicolás Rojas I.

Algunos rayos de luz acarician tímidamente a las personas que ocupan los asientos de la remodelada plaza. Jóvenes, cesantes, ancianos, peruanos, señoras con bolsas que se han detenido a descansar antes de seguir el vitrineo. Frente a la catedral se alza un enorme árbol de pascua, aún lo están instalando, pero ya se pueden ver las pelotitas rojas con Coca-Cola como único texto. Un pino nevado en verano, en el centro de la depresión intermedia. Un pino sintético auspiciado por la poderosa trasnacional de bebidas. Suenan un par de bocinazos, es casi mediodía y un furgón de Carabineros permanece estático frente al correo. Los uniformados analizan cuidadosamente el entorno. Los casi folclóricos lanzas están dispuestos a actuar preferentemente ante los descuidados turistas “gringos” que fotografían con precisión y asombro la realidad tercermundista: Galerías llenas de oscuros cafés con piernas -y algo más- , pintores instalados en la calle, peruanos asilados en la misma cuadra donde vivió el conservador Diego Portales, obesos humoristas ex drogadictos, hombres mutilados semi desnudos pidiendo limosna afuera de la catedral. De un instante a otro las miradas se orientan hacia las torres del principal templo capitalino, las campanas entonan la canción de la alegría, ¿será un casete o habrá alguien tocando las campanas?

De seguro hacia 1541 no habría canción de la alegría por varios motivos. El primero de ellos es que la composición se ubica un par de siglos más tarde, y el otro es que cuando Pedro de Valdivia y sus secuaces llegaron a este lugar no existía nada que se asemejara a la realidad hispana. Una de las primeras órdenes del conquistador fue levantar el árbol de la justicia (donde se amarraba a los delincuentes, indígenas y negros condenados a penas de azotes).

Y es que la “nueva Plaza de Armas” ha sido sujeto de diversas críticas. El estilo de plaza provincial quedó en el pasado, ahora el kilómetro cero de la capital cuenta con una explanada que une el paseo Ahumada con Puente. El nombre de este último se debe a su cercanía con el antiguo Puente de Calicanto (en el que se usaron más de quinientas mil claras de huevo para unir la piedra y el ladrillo).


Siguiendo las campanas es momento de entrar a la catedral, una apoteósica construcción que data de 1830. Serán unas cien personas las que siguen el monótono Ave María. Otras cien recorriendo los rincones del edificio. De todos los santos los chilenos son los que parecen más “buena onda”, Alberto Hurtado sonríe y extiende sus brazos. Detrás de la virgen María – y su aureola hecha de ampolletas de bajo voltaje - un pequeño cartel hecho a mano advierte: “POR SU SEGURIDAD ESTA IGLESIA CATEDRAL CUENTA CON CIRCUITO CERRADO DE TV”. La globalización, al igual que Dios, está en todas partes. En el altar de San Pedro, pasa casi inadvertido un travieso ángel pateando el trasero desnudo de un colega. Otro consejo: “SEA RESPETUOSO, NO ESCRIBA EN LOS ALTARES-PAREDES. HACERLO ES UNA SEÑAL DE PÉSIMA EDUCACIÓN”. Tras el altar principal se esconde un gran pesebre de madera, encerrado en rejas de fierro forjado. Cientos de turistas europeos miran con desinterés al entusiasmado guía turístico. Mal que mal están en el pirateo mismo de sus templos. A un lado de las puertas de acceso hay manos de mármol que, al tocarlas, sueltan un suave chorro agua bendita. Al salir hay un mundo distinto, el popular “turrón” cuenta chistes rodeado de escolares. En los alrededores de la plaza de armas hay aproximadamente 200 arrestos diarios, sin árbol de la justicia.

Historia urbana
La ciudad fue bautizada como Santiago del Nuevo Extremo en recuerdo del apóstol Santiago, patrono de España, y de la región de Extremadura (de donde provenía Pedro de Valdivia).

En los tiempos de la Colonia, en la Plaza de Armas, se realizaban corridas de toros, ejercicios de compañías a caballo, y mercados de vendedores ambulantes que ya preocupaban a las autoridades del Cabildo en 1613.


Plaza de Almas de Santiago

El rostro humano de la plaza, a más de 400 años de su fundación, parece plasmarse de la misma forma que en sus orígenes. Tiene algo de mercado, de imponentes instituciones, de centro urbano, de tintes de arrogancia racialmente mestiza.

Según Óscar Meza, pintor de la plaza hace 22 años, este lugar es “un punto de encuentro, el centro de la ciudad (…) Yo creo que la Plaza de Armas desde los tiempos de la colonia, siempre ha sido lo mismo. Es la misma gente, siempre se comportan igual”.

“No es la Plaza de Armas de antes, aquí se venía a sentar gente Chic, era un lugar ideal para conversar donde no había bulla. Hoy no, hoy está muy popular, la prefiero como antes” cuenta con tranquilidad la señora Elba quien, mientras contempla las palomas, saca a relucir con orgullo sus 80 años de vida.

Cercano a la pileta central está, hace 20 años, Luis Maldonado. Dice que heredó la tradición de su familia, con su cámara de cajón que, aunque el lector cebrino no lo crea, aún funciona: “La plaza es un lugar de trabajo. Aunque el día domingo ya no se puede estar, mucha bulla. Antes tenía más lugares para fotografiar a la gente, ahora no hay nada dónde tomar. Y cada vez es menos lo de los caballos, el caballo ha quedado en el pasado. Si coloco el caballo y coloco al Barney más allá todos los niños se van a tomar una foto donde el Barney, así se va a morir la historia”. Hoy por hoy el negocio de las fotografías vive una crítica situación, y Luis piensa seriamente cambiar de rubro: “Ayer me fui con 3 lucas, estoy lleno de deudas” argumenta con impotencia. Su voz se diluye ante el frenético discurso de una mujer evangélica. Es baja, viste formalmente, su pelo teñido rubio y la Biblia en la mano parecen ser las características más destacables. “Todos los que pasan por ahí (apuntando inquisidoramente al paseo Ahumada) están muertos, porque cuando venga nuestro señor todos los que no crean, morirán”. Llega una pareja de peruanos y Luis acude a fotografiarlos. “Un minuto de suerte”, confiesa contento antes de partir.

Los relojes marcan las 13.00 horas. “Estoy en colación” deben pensar cientos de oficinistas que salen raudos a recorrer los paseos del centro buscando restaurantes baratos de fast-food. "Son como hormiguitas" dice un anciano pintor. La historia es cíclica: los fusiles han desaparecido, los indígenas también. Hoy la lucha es la misma, la subsistencia en el subdesarrollo.

Bibliocebra

SANTIAGO calles viejas de Sady Zañartu (1934, Ed. Nascimento) es un interesante libro que recoge los orígenes de los nombres de las calles de la ciudad. Tras leer estas páginas el lector se encontrará con apasionantes historias que ayudarán a reconstruir nuestro olvidado pasado urbano.

Cebramigos

Luis Maldonado, fotógrafo
Plaza de Armas de Santiago

Fotografía normal
(Entrega durante el día)
$1.000
Fotografía instantánea
$2.000
Fotografía en blanco y negro con máquina cajón (minutera)
$3.000

sábado, 24 de noviembre de 2007

La tumba de Víctor Jara:

HUMILDAD ETERNA

Por Francisca Palma Arriagada


En la intersección de la calle México con los Maitenes del Cementerio General de Santiago, casi al frente del Patio 29, un cúmulo de flores y un aura roja resalta del muro blanco que, adornado de epitafios y recuerdos, aloja a los nichos.

Fotografías que están guardadas en la memoria y que más de una vez hemos visto en las calles se asoman iluminando a ese colorido espacio. No es cualquier difunto que está en ese sepulcro: es él, actor y músico, Víctor Jara, asesinado en manos de la dictadura militar en 1973.

Cartas a mano, claveles, rosas, helechos y flores plásticas se amoldan en el cuarto piso de esta hilera vertical. Proyectándose hacía el frente, un banquillo acompaña a quien curiosamente se acerque y desee sentarse. El árbol que está a su izquierda no se escapó de la tónica escarlata y las letras a mano se hicieron parte de sus fibras. “Víctor, aunque no estás físicamente, siempre estarás en nuestras mentes” y “El amor se esconde en la guitarra y en el canto de Víctor Jara”, son poesías francas que maduraron y cayeron por su propio peso plasmándose en ese universo vegetal.

Visitantes frecuentes y curiosos posan su vista en este espacio que no todos conocen. Entre ellos, un niño se asoma, se detiene y contempla. Ese mirar esconde las interpretaciones que cualquiera puede hacer de este sitio y cargarlo así de motivadas o improvisadas significaciones: nada está determinado.


Los elementos de esa burbuja atemporal cargan de guirlandas navideñas y banderitas diciocheras los encuentros con Víctor. Dentro del cuadro, lo único que se escapa de la trampa colorada es un letrero verde comisaría. Interviniendo externamente y sin permiso, la oficialidad destinó algunas palabras limitadas solamente a sentenciar: PERSONAJE DESTACADO, Víctor Lidio Jara Martínez.


Cualquiera podría pensar que ésta tumba algo desordenada no está a la altura de la figura de este trascendental cantautor nacional. Ese cartel no es placa y su metal no es bronce. Esa piedra no es mármol y ese nicho no pretende ser monumento. Por eso, la apreciación justifica o desmiente supuestos.

Alguien que pasaba por el lugar dijo que Víctor “debiera estar en un lugar especial”. Otro, sumándose agregó “que debiera ser más reconocido (…), preocuparse más de su tumba”. A pesar de aquello, otra persona distinguió que “quizás los familiares o sus compañeros directos lo quieren recordar así, humilde como fue, como representante de clase obrera”. ¿Puede ser juzgado un lugar por su apariencia?, ¿qué ha llevado a que esté así?

Respecto a la tumba y sus condiciones, en la fundación que lleva su nombre la respuesta es clara: “la voluntad de su mujer cuando lo pudo enterrar fue que el sepulcro fuera de piedra, lo más sencillo posible”. De allí hasta hoy, las cosas han cambiado en todo sentido, incluso este tipo de espacio que normalmente se caracteriza por la sobriedad, ha recorrido una trayectoria a la colectivización y a una apariencia espontánea.

ASÍ OCURRIÓ…

El mismo año de su muerte, Víctor Jara fue sepultado. Esto fue posible gracias a una llamada que recibió Joan Turner, su mujer. De no haber sido así, el artista estaría en una fosa común: “el 16 de septiembre le entregaron el cuerpo, sino lo iban a echar a la fosa común. Le avisó una persona que trabajaba en la morgue. Lo hizo para callado”. Respecto a su ubicación, “tocó la casualidad de que esa calle está llena de personas que tienen que ver con el golpe militar, fallecidas el 73”.


Así, la voluntad y el azar confabularon para que el contexto definitivo de Víctor fuese ese. Desde esa fecha, el lugar no encontró la opacidad y sobriedad ya que, como reconocieron en la institución, “los jóvenes se apropiaron de esto”. El entorno se llenó de recuerdos, emociones, momentos y pensamientos. Finalmente “el pueblo es el que maneja esa cosa”.


Saliendo de lo material y acercándose a lo abstracto, ese lugar está para visitar y para sentir, para reconocer que la memoria no se trunca: fluye. Visitar esta tumba es asistir a un espacio vivo en donde el transcurrir de los años no hará que el olvido se apropie de las intenciones, ni que la monotonía apoque el acorde que aún suena en la cabeza de este Chile.


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[…Mi canto es un canto libre que se quiere regalar a quien le estreche su mano a quien quiera disparar. Mi canto es una cadena sin comienzo ni final y en cada eslabón se encuentra el canto de los demás…]


"Canto libre", Víctor Jara